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Relaciones sanas y asertivas.
3. El miedo al fracaso


Para cualquier varón normal educado en este planeta, la competencia forma parte de su itinerario cotidiano. Ya sea como desafío y reto, o como idoneidad y suficiencia, el hombre típico se halla atrapado entre estos-significados básicos de "poder", que definen una buena parte de su existencia.
El valor de la dominancia es un principio rector que ha acompañado al sexo masculino durante toda la evolución. La sentencia es indiscutible: cuanto más poderoso sea unmacho, más privilegios tendrá para la supervivencia personal. El dominio sobre los demás miembros garantiza, entre otras prerrogativas, la alimentación, el respeto y un harén considerable de hembras que envidiaría cualquier sultán. Además, quien ostenta el poder también genera un sentido de protección y seguridad en sus subalternos y en el grupo de referencia inmediato. Por tal razón, el dominador suele ser el más apetecido y deseado, tanto por un sexo como por el otro La atracción positiva que el prestigio del macho produce en las hembras es un factor que se repite constantemente en el mundo animal, y no sólo en las especies más avanzadas como los primates, sino también en los niveles más inferiores de la escala zoológica. En una investigación realizada con hamsters sirios a finales de los años ochenta y publicada por Hormones and Beliavior, los investigadores compararon qué tanto influía el nivel de dominancia jerárquica de los machos en la elección que las hembras hacían a la hora de copular. Cuando las inquietas ratonas tenían que decidir entra ratones "subordinados" o ratones "dominantes", no dudaban mucho: todas elegían sin pestañear al de más poderío, es decir, al que obedecían los otros, al "macho de la tropa". Lo interesante era que las hembras no tenían forma de saber cuál era cuál a simple vista. Como los ratones permanecían atados, no tenían manera de hacer alarde de nada. No había manera de mostrar los arrebatos agresivos territoriales que caracterizan al macho alfa, como morder o reducir físicamente alos competidores. No obstante, pese al aparente vacío informacional que rodeaba la situación, todas las participantes, sin pudor de ningún tipo, decidieron copular con el mandamás.



¿Cómo sabían quién era quién? Muy sencillo y complejo a la vez: un indicador hormonall de encumbramiento y potestad, patrocinado por la naturaleza, guiaba el olfato de las pequeñas ratoncitas hacia el ratón de sus sueños. Los machos dominantes emanaban una feromona específica que no poseían los subordinados. Vale la pena resaltar que las diminutas hembras sirias no tenían un pelo de tontas; además de las reconocidas ventajas de estar con el "dueño del balón", existía una diferencia fundamental en la potencia reproductora: mientras los ratones dominantes mostraban cuarenta penetraciones en media hora, los subordinados sólo alcanzaban un deprimente promedio de dos. Esta pronunciada preferencia femenina por los machos de rango superior ocurre desde la langosta y los escarabajos hasta los chimpacés, pasando por el ganado y los ciervos. Un apoyo filogenético a la famosa aseveración de Kissinger: "El poder es el mayor de los afrodisiacos".



En los humanos, la relación dominancia masculinaatracción femenina también parece estar presente, aunque de una manera más refinada. Algunas encuestas (véase Gallup, 1993) arrojan datos en verdad preocupantes para los hombres que quieren sacudirse el papel de abastecedores. En los Estados Unidos (paradójicamente, cuna del movimiento de liberación femenina), la mitad de las mujeres prefieren que el hombre siga haciéndose cargo de las funciones de mando, tanto a nivel laboral como en casa. Ser proveedor no es la vocación más sentida por la mitad de las mujeres.


Querer ser un triunfador a toda costa y por encima del que sea, adquiere en el hombre características verdaderamente obsesivas. Los varones no sabemos perder, porque si lo hacemos, así sea de vez en cuando, estaríamos derrochando nuestro principal encanto. Día a día, la compulsiva necesidad de escalar nos impulsa una y otra vez. Necesitamos ser exitosos, como la mujer necesita ser bella para poder competir. Un hombre "mantenido" es mucho más horrible que una mujer muy fea. Un varón poco ambicioso y sin "espíritu de progreso", es definitivamente insulso. Cuando por falta de ambición en el varón, la mujer se ve obligada a asumir el liderato económico, las consecuencias afectivas para la pareja pueden ser mortales. Una estocada directa al corazón.

La autoestima del varón entra a tambalear y la admiración, uno de los principales motores donde se fundamenta el amor femenino, deja de funcionar; cuando esto ocurre, el desplome sólo es cuestión de tiempo. Convivir con un alcohólico es aterrador, ni qué hablar con un mujeriego crónico, pero con un hombre que sea"poquito", es imposible. Para los machistas, el alegato inverso es igualmente válido: "Convivir con una mujer cantaletosa, ineficiente y frígida es doloroso, pero con una mujer que ejerza con éxito su profesión y que sea econó-micamente independiente, es tortuoso". Por donde se mire, el mandato cultural del varón es claro y sofocante: "Tu esencia se medirá por el rasero de tus propios logros".


A.G. era una mujer de 36 años, madre de dos hijos y casada en segundas nupcias desde hacía un año. El nuevo esposo llegó desde otra ciudad para vivir con ella y buscar empleo, con tan mala suerte que el estado de recesión en que se encontraba el país lo mantuvo fuera de toda actividad. A.G. se mostró tolerante con la situación, hasta que los ahorros del marido se acabaron y tuvo que hacerse cargo de él. Después de dos y medio años de noviazgo encantador, donde la comprensión había sido el factor aglutinante de ambos, un estilo agresivo e irrespetuoso estaba empezando a imponerse en ella. A. G. había agotado su paciencia e incrementado su prevención:"<-) sé que no es su culpa, pero me siento explotada... Lo veo en casa sin hacer nada, sentado como un mantenido...

¡Imagínese, el otro día se despertó a la diez!... Estaba mejor sola... Hubiese preferido un borracho a un vago". Cuando yo le hacía ver que en realidad no se trataba de un vago, sino de un desocupado, ella se arrepentía y entraba en razón. Su esposo era un buen hombre, consciente de la situación, que sufría tanto o más que ella. A.G. mostraba un trato cada día más displicente, plagado de indirectas y malestar que hacían el clima de vida intolerante. Lo que llamaba la atención era que los ingresos de ella alcanzaban perfectamen-te para ambos. Pero tener un hombre en casa era incomprensible para mi paciente. Desde su separación, había sido una luchadora infatigable y se había hecho cargo de la responsabilidad económica de sus hijos, pero ahora no era capaz. El deterioro de la relación fue tal, que él estuvo a punto de volver a su tierra.


Pero cuando la cosa estaba precisamente al rojo vivo, la diosa fortuna les sonrió y el hombre, con diez kilos menos de hacer fuerza, consiguió un puesto aceptable. A partir de ese momento, la relación mejoró como por arte de magia. Al cabo de unos meses, debido a un problema menor con uno de sus hijos, regresaron a mi consulta y manifestaron estar como en los viejos tiempos. Todo marchaba sobre ruedas. Se los veía alegres y en paz. Cuando me quedé a solas con él un instante, me confesó en voz baja: "Casi no salimos de ésta... Aprendí que no puedo quedarme sin trabajo.. .Voy a cuidar el que tengo, si no me lleva el diablo... La verdad, tengo miedo...". Su aparente tranquilidad no era tal. Solamente atiné a susurrar un escueto "Sí.. claro...", tratando de disimular un sentimiento de pesimismo y bastante consideración. No me hubiese gustado estar en sus zapatos. Aunque nunca volví a saber de ellos, sé a ciencia cierta que san una pareja vulnerable. Mientras las condiciones laborales, económicas y emprendedoras de su esposo funcionen adecuadamente, A. G. será siempre una flamante y comprensiva mujer, pero si la fatalidad económica volviera a rondar su hogar, no resistirá demasiado, y él lo sabe. fue el presupuesto familiar se altere por la situación del país, vaya y pase, pero que el vínculo afectivo también dependa de ello, no es fácil de aceptar. Demasiado externalista y azaroso para mi gusto.


Si consideramos los beneficios y las recompensas potenciales que produce el prestigio, no es de extrañar que, con el tiempo, la apetencia por alcanzar y sostener el estatus propio y familiar se convierta en codicia y adicción al trabajo. Hay hombres a los cuales las vacaciones les producen depresión, y otros a quienes el ocio les produce estrés. No sabemos manejar ni disfrutar el tiempo libre: o nos aburrimos o nos sentimos culpables. Un paciente que no llegaba a los cincuenta años,, vicepresidente de una reconocida multinacional, se sentía "muy rara casi en cano, cuando , estaba en paz. Su motivo de vida era producir dividendos. Si no había activación autonómica (adrenalina) y presión, se sentía extraño.


Si algún día nos descubrimos a nosotros mismos pensando de esta manera, habremos entrado a formar parte de las estadísticas epidemiológicas. Por ejemplo, el índice de suicidio masculino casi triplica el de las mujeres; algo similar ocurre con el abuso de sustancias. En los países industrializados, la perspectiva de vida del varón es de ocho años menos que la del sexo femenino, cuando éstas no trabajan; si lo hacen, la diferencia se reduce. Debido al mencionado estrés masculino, los indicadores de violencia intrafamiliar e infarto suben alarmantemente. Hasta hace poco se pensaba que las mujeres se deprimían tres veces más que los hombres: los nuevos resultados muestran que las estamos alcanzando rápidamente, con claras perspectivas de sobrepasarlas. Por desgracia, aunque la mortali-dad prematura y la calidad de vida negativa nos aceche, seguimos empecinados en obtener el tan añorado poder. Es apenas comprensible que algunos varones de avanzada, cansados de escalar posiciones, alberguen en su más honda intimidad el oculto y traidor anhelo de ser "un amo de casa", obviamente de clase media-alta o alta. La ambición mata al hombre, más que a la mujer.


Parte de la problemática esbozada hasta aquí sobre el miedo al fracaso, encuentra explicación en dos peligrosos mitos responsables del aprendizaje social del varón. Estos criterios formativos, o mejor, deformativos, son malas traducciones culturales de los viejos y prehistóricos parámetros de dominancia biológica. Ellos son: a) "Vales por lo que tienes", y b) "Todo lo puedes". El primero orienta nuestra atención hacia los aspectos más superficiales de la vida, y nos separa abruptamente de un sentido de vida más tras-cendental. El segundo nos priva de la mejor de las virtudes: la humildad.


"Vales por lo que tienes"


Es equivalente a decir, "No importa quién eres". Los varones poderosos y civilizados generan su propia feromona. No huele, pero se ve. Su manifestación está representada por los típicos signos de estatus y éxito social, tales como un buen puesto, ropa de marca, tarjeta dorada, carro deportivo, vivienda lujosa, mayordomos y otros adminículos. No> importa quién sea su portador, estas cosas lo compensan todo. El dinero, la más evidente señal de supremacía masculina civilizada, genera en el varón acceso directo a un sinnúmero de reconocimientos y favores específicos para su género. Las gangas van desde los apetecidos puestos políticos hasta el sometimiento, obviamente condicional, de algunas bellas damas (por ejemplo Jacqueline Kennedy vs. Aristóteles Onassis).Ya sea en la antigüedad o en la actual posmodernidad, parecería que la tendencia es la misma: el hombre compra belleza y juventud, y la mujer seguridad y protección. Zsa Zsa Gabor decía: "Nunca odié lo suficiente a un hombre como para devolverle sus diamantes".
El poeta latino Horacio, quien murió ocho años antes del nacimiento de Cristo, se quejaba abiertamente del po der del dinero: "U1 rico por zafio que sea, siempre agrada. Vivirnos en el siglo del diriero, todo el nnrrrdo se inclina ante el becerro de oro y hasta el amor se consigue a fuerza de dinero". Y en otra parte, escribía mordazmente: 'La riqueza es una reina que otorga belleza y hermusura".


Algunos siglos después, los versos de francisco de Quevedo confirman que la percepción no había cambiado sustancialmente:
¿Quién hace al tuerto galán
y prudente al sin consejo?
¿Quién al avariento viejo
le sirve de río Jordán?
¿Quién hace de piedras pan
sin ser el Dios verdadero? El dinero.

 

La relación entre poder y poligamia (un hombre con varias mujeres) está documentada en casi todos los grupos indígenas de América. Cuanto más estatus tenga el sujeto, no importa de qué tipo (brujo, mágico o económico), a más mujeres puede aspirar. El chaman de los piaroas y los guahíbos, los jefes motilones, el jaibaná de los chocoanos o el "mama"de los koguis, todos, sin excepción, se hacen acreedores a más de una compañera.


Sentirse objeto sexual es tan incómodo como sentirse objeto económico. Pero si unas buenas piernas no dicen demasiado de la vida interior femenina, una abultada cuenta en Suiza dice mucho del varón que la posee. Mientras las mujeres se deprimen más por desamor (ésa es la lógica), los hombres nos desmoronamos por las quiebras y las pérdidas económicas (son la principal causa de depresión masculina). Para muchos hombres de negocios, perder la mujer es casi tan grave como perder la empresa. Mientras las mujeres suelen competir entre ellas más por lo que son, la mayoría de los varones rivalizan más por lo que tienen. Aunque hay excepciones, la dirección del vector es evidente: si queremos dejar verde de envidia a un compañero masculino, simplemente dejemos soltar, como sin querer, una jugosa inversión en dólares.

O, si se trata en definitiva de aniquilar el ego del competidor, y de paso de levantar el propio, basta con pasearse lentamente frente a él con una escultural supermodelo colgada del brazo y muerta de la risa. La envidia podría matarlo. Ni siquiera el poseer algún talento especial (deportista, científico, músico) producirá el mismo efecto: el virtuosismo entre los hombres es admirado y respetado, pero jamás envidiado. Aunque deberíamos abolir las competencias personales, si hubiera que tenerlas preferiría rivalizar por lo que soy y no por lo que tengo.


La emancipación de la mujer y su injerencia en el mundo laboral, han creado una variante en toda esta disyuntiva del competir y el tener: la mujer económicamente exitosa. Para el varón inseguro, el éxito económico de su pareja es un verdadero castigo del destino. Algunos prefieren la pobreza a tener que depender de su compañera. Otros tienden a opacarla, a hundirla y/o a menospreciar sus logros, esperando así compensar de alguna manera su autoestima herida. Estos hombres pueden competir económicamente con otro varón, y asimilar la derrota de manera más o menos estoica: "Son gajes del oficio", pero sentirse económicamente por debajo de tina mujer, es francamente denigrante, inadmisible y vergonzoso.


La liberación masculina del peso del poder no significa despreocuparse por el soporte material y la responsabilidad que haya asumido frente a su familia: necesitamos comer, vestirnos y darnos gusto. Lo que se critica es el sentido que la cultura, es decir, hombres y mujeres, otorga a los privilegios mencionados. Los indicadores económicos personales, y el poder que de ellos se desprende no agregan un ápice a nuestro ser. Los varones productivos, no importa la clase social, hicimos depender la auto aceptación de las conquistas materiales y, al aceptar el juego, perdimos la dignidad natural de nuestro género y la posibilidad de acercarnos a una vida más pacífica. ¿No se prostituye tanto el que da como el que recibe? Hay muchas cosas que no podemos comprar, alquilar sí, pero comprar, no. Las bancarrotas son el método por excelencia para separar a los mejores amigos de los auténticos enemigos.


Si la valía personal comienza a depender de la declaración de renta, será muy difícil que nos amen por lo que somos; la visión de la vida se hará cada vez más pequeña y superficial. Y aunque en este preciso instante tu masculinidad proteste y te parezca poco realista mi alegato, no hay duda: vales por lo que eres y no por lo que tienes.


"Todo lo puedes"


Es lo mismo que decir: "Suicídate en el intento" o "No tienes el derecho a equivocarte". Los hombres debemos aprender a ser más humildes, y a desprendernos de esa estúpida autosuficiencia que nos ha caracterizado por siglos. Decir: "No sé" o "No soy capaz", es un acto liberador. Es un descanso para el alma y la mente. El prototipo de un varón sabelotodo, diligente y solucionador de problemas, lleva implícita la creencia de que los hombres debemos hacernos cargo de todo y brindar seguridad y protección por doquier. A veces, indudablemente nos gusta jugar el papel de salvadores, pero no siempre. La nueva masculinidad quiere disfrutar del privilegio de pedir ayuda sin sonrojarse y de reconocer los errores con honestidad. No queremos ser los mejores sino vivir en paz, aprendiendo y disfrutando del arte de saber perder.


En cierta ocasión me tocó confrontar al padre de un paciente varón adolescente. El muchacho no sabía realmente qué estudiar. Era un joven sensible e inteligente, más inclinado por el área humanista que por otras profesiones. Pero, como es sabido, para cualquier hombre la elección de la carrera no suele estar determinada por sus talentos naturales, sino más bien por las posibilidades económicas de la misma. Para una mayoría significativa, es preferible que el hijo sea un ingeniero mediocre a un genio de la poesía. En el caso que nos compete, el padre aceptaba algunas de las carreras y mostraba una posición aparentemente abierta.

Sin embargo, mi paciente no quería herir sus sentimientos y, por tal razón, intentaba hallar soluciones intermedias. Habia descartado la música (su verdadera vocación) y la antropología. La nueva decisión estaba entre diseño industrial y psicología, cosa que no agradaba mucho a su padre, sobre todo la segunda. Cuando conversé con el señor, entendí la carga de mi joven pa-ciente. El padre, un hombre alto, vestido de manera impecable, de un andar; un hablar y un pensar francamente "exitista", resumió así su posición: "Yo no exijo mucho. Él puede elegir lo que realmente le guste, pero con dos condiciones: que sea rentable y que esté entre los mejores... Al menos entre los cinco primeros... Si las cumple, nada le faltará en la vida ..Yo no pretendo influir sobre él... Pero lo importante es producir... ¿De qué le sirve la profesión si no puede vivir de ella? ¿Acaso se le puede pedir menos?... la mundo es de los ganadores, y yo ' quiero que mi hijo lo sea". Cuando le contesté que algunos de esos ganadores perdían la alegría de vivir, no le gustó mucho. Luego de esa cita el muchacho no volvió. Al cabo de los años, en un concierto inaugural de la Orquesta Filarmónica, cuál sería mi sorpresa al ver a mi paciente, ya no tan joven, interpretando un solo para violín ante un auditorio extasiado. Si consideramos el salario de un músico en nuestro medio y su escasa proyección social, me pareció natural que su padre no estuviera presente entre los asistentes.


Tener aptitud organizadora, liderazgo y don de mando es virtud de algunos, pero no una obligación masculina contraída por nacimiento. Muchos varones son torpes, incapaces de ejercer un papel directivo y poco eficientes a la hora de tomar decisiones, pero tienen otros encantos. Serutoe6caz es bueno y recomendable, pero no establecer márgenes resulta peligroso. El esquema de "límites insuficientes" crea en el varón la incapacidad de ser incapaz y la obligación de hacerse cargo exitosamente de las cosas. El ideal varonil de un reparador ambulante, con taller propio y caja de herramientas aerodinámica, no es para todos los hombres.

Muchos no sabemos quitar un bombillo, no entendemos de mecánica, no tenemos taladro eléctrico y, lo que parece ser más grave, tampoco sabemos utilizarlo (afortunadamente los varones negados contamos con la desinteresada ayuda de las páginas amarillas del directorio telefó-nico). No estoy defendiendo la desidia y el abandono, sino el derecho a ser inútil. A ejercer sin miedo la opción de dudar y de no saber qué hacer, sin que nos importe demasiado la evaluación social, y sin autocastigarnos por ello.


Aceptar las propias limitaciones es el mayor de los descansos. El "yo ideal" deja de andar por la estratosfera y comienza a acercarse honrosamente al "yo real". La verdadera humildad arranca de la propia aceptación, sin desajustados disfraces ni máscaras grotescas. Psicológicamente al descubierto, con lo bueno y lo malo a flor de piel. No importa que se noten nuestros errores nos humani-zan. No importa que debamos reconocer públicamente la ignorancia, nos purifica. Si fuéramos infalibles nos perderíamos el placer del aprendizaje y la fascinación del descubrimiento. La consigna del varón buen perdedor es sencilla y reconfortante: "Alégrate, afortunadamente no lo sabes todo, y mejor aún, no lo puedes todo".


El derecho a ser débil


El paradigma de la fortaleza masculina ha obrado en dos sentidos, ambos negativos para el varón. De una parte, ha bloqueado de manera inclemente su natural debilidad humana, y por otra, ha promovido (reforzado) una serie de costumbres claramente exhibicionistas en favor de la supuesta reciedumbre. Tanto en el primer caso (represión de las emociones primarias), como en el segundo (dependencia de la aprobación social), las consecuencias son castrantes.
El derecho a ser débil se refiere a la capacidad de aceptar, sin remordimientos de ningún tipo, cualquier manifestación de ablandamiento, obviamente no patológica. El derecho a sentir miedo, a fracasar, a cometer errores, a no saber qué hacer, al encantador ocio y a pedir ayuda, no nos alejan de la masculinidad sino que nos acercan al lado humano de la misma. Ese lado tan especial donde reposa el andrógino personal y que había sido crudamente descartado por el típico hombre fortachón y rudo. Cuando mutilamos el derecho a la fragilidad, automáticamente sobre generalizamos el ideal de valentía y dejamos de reconocer que, en muchas situaciones, la flaqueza debe aflorar. La nueva masculinidad no desprecia el coraje: lo reconoce, pero no se obsesiona por él.


Ejercer el derecho a ser débil no es irse para el otro lado y proclamar la debilidad como una virtud recomendable. Rescatar lo delicado no apunta a "travestir" nuestra virilidad, ni a ensalzar un hombre blandengue, inseguro y pasivo, avergonzado de su sexo y desnaturalizado, tratando de imitar los valores femeninos. La seguridad en sí mismo, la capacidad de oponerse a la explotación personal, la persistencia para alcanzar las metas y el espíritu de lucha son valores deseables para cualquier persona, hombre o mujer. Lo que se está criticando es el miedo irracional a ser débil y la estúpida costumbre de tener que exhibir el poderío durante las veinticuatro horas, para "cotizar" y ser amado.
La revolución masculina no defiende al hombre híbrido que se oculta detrás de una aparente superación personal, que no es "ni chicha ni limonada", y que corre despavorido ante la más mínima señal de peligro.


Los "hijos de mami", evitadores persistentes de cuanta dificultad se les atraviesa, no son la aspiración del nuevo orden masculino. Y no me refiero al homosexual, sino a esa extraña mezcla que resulta en los Michael Jackson de este siglo. El varón posee una fortaleza particular que le otorga su propio género, de la cual no puede ni debe escabullirse. Pero esta diferenciación no sugiere ausencia de dolor o el desconocimiento de las restricciones que, evidentemente, poseemos. Hay una debilidad seductora y tierna que no es raquitismo ni enfermedad, sino expresión de la pequeña mujer que llevamos dentro. Y al decir "pequeña" no hago mención a lo peyorativo del término, sino a la cantidad de feminidad que debe poseer un hombre, para no dejar de ser varón.


PARTE II


¿PUEDENY SABEN AMAR LOS HOMBRES?


Acerca del mito de la insensibilidad masculina y su supuesta incapacidad de amar


La verdad sea dicha, el "arte de amar" no es una de las virtudes que el varón haya podido ejercer tranquilamente. La vida afectiva masculina transcurre en una especie de zona endémica, bastante complicada y muy poco propicia para que el amor pueda crecer en libertad. Nos encanta amar, pero a veces se nos enreda el hilo y perdemos el rumbo. En realidad, para ser más franco y parafraseando la jerga hippie, nos hemos preocupado más por hacer la guerra que por hacer (construir) el amor. Cuando los jóvenes de los años sesenta nos adornábamos con margaritas, protestábamos por la guerra del Vietnam, recitábamos las cuatro tesis de Mao Tse Túng y poníamos a tambalear el orden establecido, también intentábamos rescatar el viejo amor perdido por la humanidad. Por desgracia, no fuimos capaces o no nos alcanzó) el tiempo. Dejamos huellas como las marcas de un sarampión, algo de rasquiña, un poco de enrojecimiento, pero nada más; no alcanzamos la cima.


En esa época, los varones nos permitíamos ciertos deslices simpáticos en contra de la acostumbrada virilidad, aceptados y casi siempre patrocinados por nuestras liberadas compañeras, pero seriamente cuestionados por la severa y sesuda paternidad. Recuerdo que cuando mis hermanas me planchaban el cabello (papel y plancha en mano), mi padre me miraba en silencio aneo diciendo: "Esto no puede ser mi hijo", en cambio, a mi madre siempre le parecía que estaba bien, me quitaba alguna pelusa de los hombros y me despedía con un gesto apacible de: "Ve con Dios".


Camisas floreadas, pantalones con bota campana, zapatos de tacón o zuecos, predilección por las flores, los atardeceres, las poesías, Cortázar, Hermane Hese, el Maharishi de turno, Krishnamurti y los Beatles, eran algunos elementos que conformaban la parafernalia masculina de la época; también odiábamos el jabón, nos hacíamos trenzas y compartíamos amable y comunitariamente la novia de turno (ellas hacían lo mismo con nosotros). Había un toque afectivo, un clima de relax, una ambientación psicodélica, donde la ternura no quedaba excluida y convivía de manera alegre y entretenida con el género masculino. He llegado a pensar que, en todo ese "proceso revolucionario", los varones también buscábamos un tipo de liberación personal que ti-ascendía lo ideológico. Había una propuesta afectiva de fondo de la cual nos alimentábamos en silencio, y disfrutábamos a corazón abierto. Aunque aquello quedó definitivamente atrás, cierta nostalgia suele hacer su aparición de vez en cuando, una reminiscencia emotiva difícil de enterrar nos habla en voz baja de lo que podría haber sido y no fue.


Si realmente queremos vivir a plenitud la experiencia afectiva, ¿qué nos impide hacerlo? ¿Qué nos falta o qué nos sobra? ¿Por qué no arrancamos desaforadamente a querer a cuanta persona se nos cruce por el camino? Cuando hablo de "zona endémica" me refiero a un conjunto de condiciones, básicamente psicosociales, que dificultan el intercambio afectivo del varón. Aunque algunos pueblos tribales podrían escaparse a esta afirmación, la evidencia psicológica muestra que la gran mayoría de los hombres civilizados estamos inmersos en una cantidad de dilemas obstaculizantes que no poseen las mujeres. Muchas veces no sólo no sabemos qué hacer con el amor, como si quemara,sino que no hallamos la forma de entrar en él sin tanta carga negativa. Para poder amar en paz debemos aprender nuevas formas de relación, pero también desaprender otras. Modificar viejas costumbres y demoler aquellas barreras que no nos han dejado ejercer cómodamente el derecho al amor. No estoy diciendo que seamos incapaces de amar, sino que el intercambio afectivo masculino está plagado de interferencias. Hay que limpiar estos canales de comunicación y solamente compete al varón hacerlo.


Señalaré tres conflictos afectivos que han caracterizado la vida amorosa masculina, y que en la gran mayoría de los hombres aún están por resolverse:


a) el desbalance interior entre sentimientos positivos y negativos, que nos impide tener un libre acceso a la ternura;
b) la oposición afectiva que mantenemos con el sexo opuesto, que nos impide identificarnos con lo masculino y acercarnos a lo femenino; y
c) la dificultad de entregarnos a nuestros hijos desde el lado maternal que poseemos.

El conflicto emocional primario


Sobre la pugna afectiva interior del varón y la falsa incompatibilidad entre agresión y ternura


En los hombres prevalece una antiquísima dicotomía emocional, mal planteada y aparentemente sin solución, que nos quita fuerza interior y nos confunde. Desde la más temprana edad,, los varones nos vemos obligados a magnificar la oposición agresiva-destructiva y a adormecer la aproximación cariñosa-constructiva. Un doble esfuerzoextenuante y totalmente antinatural. Muchas veces no queremos guerrear, pero peleamos, y muchas otras queremos llorar, pero nos aguantamos. Como si tuviéramos los cables invertidos: en vez de controlar los niveles de violencia y liberar los sentimientos positivos, frenamos la expresión de afecto y soltamos peligrosamente las riendas de la agresión. Veamos este cortocircuito afectivo con más detalle.



1. El guerrero interior y el culto a la violencia: la exaltación de los sentimientos negativos
 
La agresión física o verbal, es decir, el no-respeto, o si se quiere, la violación de los derechos a las demás personas, es exactamente lo opuesto a la experiencia amorosa. Si hay violencia, no hay amor. Puede haber formas distorsionadas de placer que se entrelazan y confunden con el sentimiento positivo, como es el caso del sadismo o el masoquismo, pero esto no es amor. La agresión, en cual-quiera de sus formas, es atentatorio con la expresión de afecto, y altamente contaminante. Los datos son irrefutables: la mayoría de los niños varones que han sido golpeados pasan a ser golpeadores cuando son adultos, y no me estoy refiriendo solamente al ataque a las mujeres, sino también a la violencia entre hombres, que es mucho más frecuente.


La mayor tendencia masculina a la agresión y a otras manifestaciones de dominación, en comparación con las mujeres, se debe tanto a factores biológico-evolutivos, como socioculturales. Cuando la herencia de la especie se ve reforzada por los mitos sociales, el resultado suele ser un cavernario vestido de esmoquin.


El viejo combatiente.


En el caso de la biología, parece muy establecido que los varones paseemos un paquete hormonal que nos predispone a estar siempre listos para el ataque. Parecería que la violencia está en nosotros. Si a un pajarito como el gorrión se le extraen los testículos (pesan un miligramo y tienen un milímetro de diámetro), el animalito se volverá sumiso, permisivo y apático por el sexo. Ya no será un combatiente por su propia supervivencia, y sus días estarán contados. Pero si se le inyectara cierta cantidad de esteroides, especialmente testosterona, el pájaro despertaría de su letargo y adquiriría nuevamente aquellos comporta mientas que definen a un macho. Volverá a nacer en él una incontenible motivación por el sexo, la agresión, la dominación y la territorialidad.


Lo mismo ocurre en casi todos los animales, hombres incluidos. En palabras de Carl Sagan: "Cuanta más testosterona tiene un animal, más lejos está dispuesto a llegar para desafiar y dominar a posibles rivales".


La testosterona también parece explicar por qué en el mundo animal los códigos sexuales se parecen tanto a los agresivos. `Te amo" Puede significar: "Voy a matarte", o viceversa; es decir, la mala lectura de estos simbolismos puede ser mortal. Es posible que ésta sea la razón por la cual el porcentaje de rechazos que sufre un macho chimpancé por parte de las hembras sólo alcanza el 3%. Muy de buenas y envidiable para cualquier humano.
Aunque los varones también poseemos hormonas femeninas, la testosterona es definitiva para que la masculinidad se dé. Su ausencia puede feminizar los genitales de un embrión masculino o, si su cantidad es elevada, puede llegar a masculinizar los genitales femeninos. Pero lo que resulta más impactante es que la testosterona es una hormona placentera para el macho. Un sinnúmero de investigaciones atestiguan que los animales aprenden más fácilmente tareas de diversa complejidad, si el premio es medir fuerzas con otro macho, como si dijeran: "Nada más estimulante que un buen combate". Los estudios de psicología social sobre los efectos de las confrontaciones de pandillas callejeras y grupos marginados muestran que en determinadas subculturas urbanas la "lucha por la lucha" puede ser especialmente gratificarte, y crear tanta apetencia como cualquier droga. Los rebeldes sin causa, tipo James Dean, han existido desde siempre.


Parecería que un buen cóctel de andrógenos y testosterona definen dos de las más apetecidas necesidades masculinas: sexo y agresión. El problema real aparece cuando dejamos que el instinto se desborde: en estos casos estamos frente a una enfermedad psicológica de control de impulsos. Uno de mis pacientes, golpeador crónico, relataba así su estado de ira incontrolable: "Cuando me enfurezco, es como si mi vida dependiera de ello... No puedo parar... Cuanto más golpeo y más grita la persona, más duro pego... En esos momentos no soy yo... 1-hay como otra personalidad en mí... Como un círculo vicioso del cual no puedo salir...Y cuando caigo en cuenta... ¡Dios mío!... No puedo creer lo que hice... Pero ya es tarde...". Un círculo mortal y una culpa tardía.

El desubique es patente: con la fiereza necesaria para entrar en la peor de las batallas, pero sin batalla y frente a un contrincante indefenso.

En el mundo femenino la cosa suele ser más pacífica. Pese a que ellas también tienen testosterona, la cantidad de estrógeno (responsable de limitar la agresividad) y de progesterona (la hormona que asegura el cuidado y protección de las crías) es mucho mayor en la mujer. Es bueno señalar que estas diferencias hormonales, aunque distintivas, pueden invertirse si la situación lo exige. Nunca he estado de acuerdo con el estereotipo de que las mujeres no saben conducir automóvil, porque muchas lo hacen mejor que cualquiera de nosotros. Pero debo reconocer que existe una extraña transformación en ciertas señoras choferes que circulan por las congestionadas vías. No sé si la testosterona se les incrementa o si aprovechan la situación para desquitarse de la opresión machista, pero algo les ocurre; además, cuanto más grande es el vehículo, peor. No me refiero solamente a esas disimuladas y casi imperceptibles gesticulaciones insultantes de las cuales he sido víctima en más de una ocasión, sino a la marcada intolerancia, las provocaciones amenazantes y la poca cortesía que acompaña su recorrido (por ejemplo, ceder el paso).

En determinadas circunstancias, las mujeres más femeninas pueden llegar a ser tan bravas como el más bárbaro de los vikingos. Más aún, yo diría que en situaciones límites, cuando la vida personal o la de los seres queridos está en peligro (pensemos en una madre defendiendo a sus pequeños hijos), la diferenciación sexual se reduce prácticamente a cero. En estos casos no somos ni de Marte ni de Venus, sino terráqueos enardecidos.


En el tema de las pulsiones agresivas no aprendidas, algunos autores han llegado a considerar que el origen de la guerra debe buscarse en una innata tendencia masculina al asesinato. Como si un brutal instinto criminal empujara a los varones a matarse entre sí. Nada más absurdo.


Los datos antropológicos no parecen apoyar la idea de que la guerra necesariamente forme parte de la naturaleza humana del hombre. Algunos pueblos primitivos como los habitantes de las islas Andamán, cerca de India, los shoshoni de California y Nevada, los yahgan de Patagonia, los indios mission de California, los semai de Malasia y los tasaday de Filipinas, jamás hicieron ni conocen la guerra. Aunque nos cueste creerlo, nunca practicaron el homicidio intergrupal organizado. En otros casos, grupos altamente belicosos, como por ejemplo los indios pueblo del sudoeste de los Estados Unidos, al cabo de una o dos generaciones, sin que hayan podido mediar cambios genéticos, desarrollaron sólidos patrones de cooperativismo y pacifismo, totalmente opuestos a lo que eran.


Si la naturaleza humana masculina fuera portadora de un germen batallador destructivo, el asesinato debería ser universalmente aceptado, y tal como lo demuestra la antropología y la psicología transcultural, la cosa no parece ser así. No obstante, en esto del batallar los estudios han encontrado una clara diferencia entre hombres y mujeres. Cuando la sociedad está dominada por hombres sin participación femenina de ningún tipo, las guerras pueden involucrar tranquilamente a personas de la misma etnia, parientes o vecinos: nadie se salva. Pero en las sociedades donde la supremacía no es totalmente masculina, y donde las mujeres tienen más injerencia a todo nivel (matrilineales), la guerra nunca envuelve a gente del mismo grupo racial y lingüístico: /as mujeres cuidan más a los suyos.

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