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Relaciones sanas y asertivas.
5. El hombre veleta


Este hombre es una especie de revuelto afectivo. Es el varón de identidad fluctuante, a quien nadie, ni los psicólogos más experimentados, pueden entender. Posee todos los elementos de los estilos anteriores, mezclados en desurden e intercambiables de acuerdo con su conveniencia.
Un poco de culpa, algo de agresión, cierta indiferencia y dosis esporádicas de apego enloquecen a cualquiera. Por lo general, las madres de estos sujetos no han sido muy cuerdas y han generado en sus hijos una total falta de identidad, no ya sexual, sino psicológica. Como si se tratara de una personalidad límite, pero anclada en lo afectivo, estos individuos son impredecibles y altamente contradictorios, ya que se pasan jugando todos los papeles al mismo tiempo, sin llegara consolidar un estilo en cuestión. El conflicto con lo femenino se encuentra en estado puro, posiblemente con la efervescencia de los primeros meses de vida. Estos hombres bordean los límites del amor, lo tocan, lo rozan, lo registran por encima, pero no son capaces de establecerse por mucho tiempo en relaciones afectivas estables, entre otras cosas porque la mayoría de las mujeres les huyen. El problema salta a la vista. Pueden llegar a ser algo seductores y mitómanos, pero sin alcanzar a ser el típico don Juan. Cuando una mujer tiene la mala suerte de caer en este agujero negro emocional, es devorada en un instante; se anula y desaparece como persona. La solución para estos casos turbulentos de desestructuración psicológica debe ser categórica y terminante: tratamiento psiquiátrico, medicación abundante y entregarse a la Divina Providencia.


6. El hombre afectivamente estructurado


Este varón ha logrado diferenciarse, sin apegarse y sin crear antagonismos y rivalidades enfermizas con las mujeres. No le teme a la mujer que hay afuera, ni a la que hay adentro. Su estilo afectivo con el sexo opuesto está determinado por un distanciamiento equilibrado, sin odios (hombre agresivo) ni indiferencias (hombre esquizoide), y por un acercamiento sin miedos irracionales (hombre apegado) ni antiguas culpas (hombre sumiso). El hombre estructurado no se somete porque se respeta a sí mismo, ni genera violencia porque respeta a los demás. Sabe qué debe negociar y qué no. No es un dechado de virtudes, pero es capaz de amar. Este nuevo varón no está fraccionado, no se mueve en el incesante vaivén del conflicto atracción-repulsión, ve el dilema, lo admite e intenta superarlo. Sabe que aunque su masculinidad surja de lo femenino, tiene timón propio y un rumbo personal y específico. Entiende que la separación infantil de lo femenino es simplemente el inicio de un proceso para seguir creciendo como hombre.
Reconoce que al atacar lo femenino está violentado una parte muy importante de sí mismo, pero también tiene claro que el hombre blando es un ropaje prestado de dudosa procedencia, que no le queda bien. Al contrario del machista, que elimina por decreto lo femenil, el varón emocionalmente reconciliado ama su lado femenino, lo cuida, lo incluye en su vida cotidiana y deja que se manifieste cuando así se requiera. De acuerdo con la demanda, puede ser tan maternal como la mujer más tierna o tan furioso como el más bravo de los guerreros, pero luego, cuando la situación se restablece, regresa tranquilamente a su nivel basal y a la potencialidad mixta del ying y el yang que su masculinidad le permita. Al sanarse internamente, no debe hacer demasiados esfuerzos para acomodarse al amor, sólo deja que éste ocurra y se manifieste.


Cuando suelo hablar de este hombre afectivamente estructurado, la respuesta inmediata de algunas escépticas damas es: "¡A verlo!", como diciendo, "No creo que existan" o "Nunca he conocido uno". Sin embargo, y por fortuna, estas mujeres se equivocan. Aunque no hay muchos, el nuevo varón afectivo, libre de oposición negativa a lo femenino, existe. Pero como resulta evidente, estos hombres no duran mucho en el mercado interpersonal ya que son rápidamente detectados por las consumidoras afectivas. Cada día hay más hombres que se acercan a su lado femenino de manera sana e intentan amar de manera conciliadora. Cada día hay más hombres que aceptan participar en grupos de reflexión masculina, donde se profundiza y estudia con seriedad su papel social y afectivo. El hombre afectivamente estructurado no es un invento, una fantasía o un deseo futurista para el año 3000: existe hoy. En este preciso instante, en el aquí y el ahora, infinidad de jóvenes están tomando como suyas las premisas de una paz generacional con el sexo opuesto. El advenimiento de esta masculinidad amorosa ya es imparable. Ésa es la verdad.
Que algunas personas no lo vean, es otro cantar. Quizá, ciertas mujeres puedan estar sesgando la información a favor de algún esquema maladaptativo, siendo víctimas de hombres no aptos para el amor, respondiendo a viejas experiencias afectivas negativas, visitando lugares inapropiados o simplemente no creando las condiciones adecuadas para que estos reconciliados y pacíficos varones se les acerquen. Es importante no generalizar lo negativo. El dicho popular cuasi feminista: "Todos los hombres son iguales", además de ser estadísticamente erróneo, parecería mostrar que en el fondo muchas mujeres son marxistas sin saberlo. Duela a quien le duela, hay hombres que han hecho las paces con su feminidad original. Y aunque no resaltan con claridad entre la multitud, están ahí. Podemos ser escépticos, pesimistas crónicos o simplemente no creer, pero como ocurre con las brujas: "Que los hay, los hay".


El conflicto con la paternidad
Sobre el amor por los hijos
el oficio de la paternidad maternal


Como veo las cosas, más allá de cualquier cliché romántico, ser padre es una bendición: ¿qué se puede transmitir más grande que la vida? Reconocemos un origen casi sagrado en la maternidad, pero no le otorgamos demasiada trascendencia al hecho de ser padres. La teoría del instinto maternal ha creado un efecto de halo antipaternal y una evidente distorsión sobre su desempeño, como si el varón sufriera de una especie de incapacidad congénita que lo inhabilita para la crianza infantil. Las escenas de papás "encartados"cargando bebés recién nacidos mientras las felices parturientas, cuñadas y suegras miran con condescendencia la natural torpeza masculina, es claramente sexista, además de ofensiva. Claro que, para suavizar las cosas, en algunas propagandas de seguros de vida y talcos para niños, el padre derrama una o dos lágrimas antes de "desencantarse"rápidamente del bebé (no vaya a ser cosa que lo estrangule sin darse cuenta), mostrando que el primate civilizado posee un lado tierno.


Estos estereotipos sociales, manejados y divulgados sobre todo por los hombres, han bloqueado en parte las potencialidades masculinas para ejercer una adecuada paternidad. Mientras la maternidad es un factor de realización personal donde la felicidad es lo determinante, la paternidad es experimentada por muchos varones con miedo y una enorme carga de responsabilidad. A veces, el sentimiento de alegría por ser padres se ve empañado con preocupaciones de otra índole, y el placer se nos va de las manos. Los hijos sólo son asimilables desde una actitud más positiva. La vivencia de la paternidad debe romper con el angustioso sentido del deber que ha instaurado el mito del proveedor, para regresar a la sensibilidad básica que produce el mero hecho de ser papá. No estoy diciendo que ignoremos los problemas obvios que conlleva la crianza, sino que veamos también el lado bueno de la misma. Crear vida es uno de los hechos más significativos de la existencia humana, y si no alcanzamos a vislumbrar la magia que esto encierra, la paternidad se disipará en un conflicto de intereses, mal planteado e inexistente: "Mis hijos o yo", en vez de: "Mis hijos y yo".

1. El padre ausente


La ausencia masculina en los procesos de crianza es indiscutible. Impulsados por los ya mencionados ideales de estatus, éxito y logros materiales, los padres emigramos al mundo de la competencia y olvidamos la familia. Muchas veces, cuando tomamos conciencia del distanciamiento, el mal ya está hecho. Algunos de mis pacientes necesitaron de un infarto o un cáncer para darse cuenta de algo tan elemental. Si los padres hombres hiciéramos la cuenta del tiempo real que dedicamos a nuestros hijos, entraríamos en sopor. Por "tiempo real" entiendo estar con los cinco sentidos puestos y toda la atención disponible para ellos. Lo triste es que el retiro físico produce retiro afectivo. El refrán: "Ojos que no ven corazón que no siente", no sólo es aplicable a los celos.

A diferencia de lo que antes se pensaba en psicología, hoy sabemos que la asistencia y el cuidado paternal son determinantes en las primeras etapas del desarrollo infantil, tanto en animales como en humanos. Los cariños de mamá son imprescindibles, pero si además están los de papá, mejor. Los estudios etológicos muestran que los cachorros de distintas especies, criados por ambos padres, sobreviven mejor y crecen más rápido que aquellos criados solamente por la madre. En el mundo civilizado ocurre algo similar.


Es a partir de los quince meses en adelante cuando el niño busca la referencia masculina, el otro espejo del que hablábamos anteriormente. Si encuentra a un papá sensible y cariñoso, el alivio es evidente: "Al fin, otro igual que yo", pero si lo encuentra a medias, es decir, física pero no psicológicamente, se ve obligado a movilizar otras energías compensatorias, que hacen más daño que bien.


Evidentemente, ciertos aprendizajes masculinos se facilitan considerablemente si el padre está presente. Hay cosas que, aunque muchas madres las hacen bastante bien, los padres podemos hacerlas mejor. Por ejemplo: responder ciertos interrogantes sobre el desempeño sexual masculino, las preocupaciones que surgen de la socialización con otros niños varones, los miedos frente a la derrota y el fracaso, la conquista femenina, la mejor manera de jugar algunos deportes, los complejos masculinos, en fin, la lista sería interminable. No obstante, pese a la importancia del papel del padre como "educador", la amistad de éste con los hijos es muy importante, sobre todo con los hijos del mismo sexo. El compañerismo y la "complicidad" de género bien entendida, fortalecen y aceleran los procesos de aprendizaje social, producen menos prevención hacia las personas del mismo sexo, y amplían el rango de comunicación interpersonal. Cuando un padre varón se despoja de su papel aséptico de "transmisor de conocimientos"o "papá proveedor", y se acerca a su hijo desde una experiencia más vivencial y humana, todo resulta más fácil. Ahí, la masculinidad no es ya una especulación conceptual ni literatura barata, sino sentimiento en acción. Parafraseando al biólogo Maturana: "Los valores se contagian al vivirlos". La paternidad sólo existe y se realiza en la convivencia, lo otro es puro "bla bla".

Un relato personal puede servir de ejemplo. Mi padre era un hombre extremadamente trabajador, y por lo tanto ausente. Era viajante de comercio y se movía de correría en correría. Algunas veces, cuando me daba "papitis", intentaba traspasar la atmósfera de silencio que lo envolvía, pero sin resultado alguno. Él no me dejaba entrar con facilidad, ni yo persistía demasiado en el intento. En realidad, me daba miedo conocerlo porque no sabía cuánto dolor iba a encontrar. Nuestra relación siempre estaba mediada por un espacio invisible, por una película aislante de parte y parte, que nos prohibía estar juntos. Desde esa distancia era imposible, para mí, acceder a su experiencia y enriquecer la mía: era difícil aprender de él.


Pero en esta historia de relación hay un antes y un después.Una noche cualquiera, él estaba en el balcón tomando aire, yo había terminado de estudiar y me senté a su lado. Al cabo de un rato le pregunté si le pasaba algo porque lo veía muy pensativo, él me contestó que no me preocupara, que todo estaba bien. Pero yo lo veía triste y metido en la madeja de sus pensamientos. Le hablé de unas cuantas cosas sin importancia y volví a insistir sobre su semblante fatigado. Después de unos instantes de mutismo compartido, me confesó que teníamos que entregar el apartamento porque ya no podía pagar las cuotas, y me pidió que le guardara el secreto y que no le fuera a decir nada a mis hermanas ni a mi mamá. Como es obvio, no supe qué decir. A los trece años no hay mucho que opinar y menos sobre un tema así. De nuevo opté por la prudencia del silencio, hasta que al cabo de unos minutos, para mi sorpresa total, irrumpió abruptamente en llanto. Sin vergüenza alguna, como si yo no estuviera presente, con la indecencia que sólo otorga el sufrimiento, lloró como lo hubiera hecho yo o cualquier otro niño.


Me asusté muchísimo. Ver llorar a un hombre adulto impacta, aún no estamos acostumbrados, pero ver llorar al padre espanta. Por fin, entre tímido y compasivo, atiné a ponerle la mano sobre el hombro y más tarde, cuando acumulé coraje, logré abrazarlo con fuerza y quedarme así un rato, pegado a él. Esa noche me contó muchas cosas de su vida, sus viejos amores (yo pensaba que nunca había tenido uno), su juventud, sus aspiraciones, sus desengaños, sus locuras de juventud, sus alegrías y sus inseguridades. Desempolvó los archivos del pasado y me los entregó. La capa de dureza que nos había separado por años había desaparecido. Su masculinidad y la mía, al fin, habían hecho contacto. Pese al dolor y las lágrimas, esa noche fue mágica porque descubrí al papá hombre, le miré el alma cara a cara, y precisamente en ese instante comencé a comprenderlo. Cuando me abrió su corazón me convertí en su amigo y él en mi maestro.
De todas maneras, tuvimos que dejar el apartamento y la vida siguió su curso. Aunque nunca fuimos íntimos, porque a veces la soledad nos distanciaba, las puertas siguieron abiertas de par en par. Si queríamos las cruzábamos, si no, ahí estaba la opción. La verdadera amistad no es otra cosa que eso: una alternativa afectiva dispuesta a ser activada en cualquier instante que se necesite. Si está posibi-lidad existe entre padre e hijo, se vuelve indestructible, tierna y casi milagrosa.

2. Hacia un padre maternal


¿El sexo masculino posee la capacidad para ejercer una paternidad responsable y afectuosa en la crianza? ¿Existe la paternidad-maternal? La respuesta, definitivamente, es sí. En la escala zoológica los ejemplos abundan. El cuidado paternal aparece en los invertebrados, las aves, los peces y los mamíferos. Muchas especies como el cangrejo, el pez altruista, los renacuajos, los ciervos ratas, los lobos, los perros salvajes, los chacales, los monos tití y los hombres que asumen la nueva masculinidad, sólo para citar algunos, pueden hacer perfectamente las veces de madres cuidadoras (por ejemplo dar de comer, lavar, entrenar, jugar y cargar a las crías).
Es interesante señalar que, en muchas especies, el cuidado paternal retrasa el acto reproductivo del macho, y permite que los ciclos reproductores de ambos géneros se acoplen en una sincronía común de apareamiento. En estas especies paternales, la competencia sexual de los machos desciende durante la crianza y las hembras pierden momentáneamente su ventaja, en términos depoder sexual.


Es decir, si asumimos con seriedad el papel de padres involucrados activamente en la crianza, es probable que nuestra libido baje. Como si la naturaleza nos dijera: "Si vas a dedicarte a esto utiliza todas las energías disponibles, porque la cosa es complicada". Educar no es tarea fácil.
La gran mayoría de los varones con problemas psicológicos tienen malos recuerdos de sus padres hombres, pero no por el daño recibido sino por el afecto negado. Las investigaciones muestran que la presencia de un padre frío y afectivamente distante es mucho más nociva y peligrosa que un padre ausente. Muchos padres acariciadores y cariñosos con sus hijos varones, cambian bruscamente cuando éstos comienzan a crecer. El pensamiento es evidentemente discriminatorio: mientras que a las hijas mujeres se las puede mimar con tranquilidad durante toda la vida, con el hijo varón hay que tener ciertos cuidados especiales: "No vaya a ser que se nos vuelva afeminado". De esta manera, de un día para otro, sin previo aviso de ningún tipo, las reglas cambian. El contacto físico paternal cede su lugar a un nuevo trato, más duro y distante. Si el niño es sensible, este corte repentino se internaliza como rechazo y, con el tiempo, si no se compensa de alguna forma, puede transformarse en resentimiento o dependencia compulsiva.


La creencia irracional de que la ternura, ya sea materna o paterna, produce varones homosexuales, aún está viva en la mayoría de los hombres. Si el asunto fuera tan sencillo, los enemigos del homosexualismo ya hubieran barrido con él.
Retirarse afectivamente de los hijos varones lo único que produce es dolor y pérdida. El hombre posee las mismas necesidades afectivas que la mujer, y necesita de las mismas fuentes dadoras de amor. Ya se trate del padre o de la madre, lo que realmente importa para el desarrollo psicológico de un niño es la "presencia afectiva". La estancia física no es suficiente, hay que dar amor en grandes cantidades para que la tarea esté bien hecha; el amor debe sentirse en carne y hueso. El padre maternal no es otra cosa que eso: un padre tierno y cariñoso, sensible y compasivo, interviniendo activamente en los procesos educativos de sus hijos, ya sea sancionando o administrando normas. Un buen padre se nota y hace bulla.
Es bueno resaltar que, si la sanción paternal ocurre en el contexto de los sentimientos positivos, el niño integra la experiencia de manera constructiva, pero si los castigos del padre suceden en un vacío afectivo, sólo dejan daño y resentimiento. Por tal razón, el respeto al padre que se origina en una relación cálida y amorosa, siempre estará asentado en la admiración y el agradecimiento. En cambio, los padres que inducen el típico miedo autoritario, sólo obtienen un acataniento por decreto-ley, una aceptación obli fiada. Cuando le pregunto a mis pacientes, mujeres y varones, qué sienten por su padre, y obtengo por respuesta un simple y conciso: "Respeto", durante varias citas me quedo investigando su pasado. Un amor reverencia] siempre es dudoso.


No obstante, ser más cariñosos, estar más comprometidos y pasar más tiempo con nuestros hijos no es suficiente, si no se disfruta de ello; hacerlo de mala gana es peor. Si asumimos la paternidad con culpabilidad o como sentido del deber, enredamos la relación. Es normal que en ciertos momentos no querramos saber de ellos, que nos generen estrés y hasta algo de fastidio (ejercer el oficio de padre no es una panacea), pero si el amor está activado, la "obligación" no molesta demasiado. El amor, si es verdadero, cura y relaja. Cuando mis hijas estaban pequeñas y yo llegaba absolutamente agotado por estar oyendo problemas durante todo el día, la llegada estaba amenizada por unos sonoros: "¡Papi!","¡Papi!,"¡Papi!". Corrían a toda velocidad hacia la puerta, saltaban sobre mí y me escalaban como una estatua humana. Pese a mi fatiga, ellas siempre sabían tocar alguna tecla para reactivar mi olvidada sonrisa. Así, como por arte de magia, el cansancio se trasmutaba en regocijo.


El nuevo varón quiere comprometerse y participar decididamente en la crianza de sus hijos. Sin embargo, no desea anularse como persona. Ser papá no significa autoeliminación psicológica ni sacrificio ciego, sino integración balanceada de todo lo que la vida representa. Ser padre no implica descuidar la amistad, la recreación, los hobbies, la pareja y la vida profesional. Lograr este punto medio no es fácil. Estas aspiraciones masculinas de regresar a la paternidad con prudencia, no son mal vistas por el sexo opuesto; todo lo contrario. Los resultados hallados hasta el momento confirmanque si la paternidad es asumida con excesivo empeño, las madres pueden generar ciertas resistencias a compartir su papel. El hombre puede ser percibido como un "metido" y un estorbo: 'Bueno es culantro, pero no tanto". Parecería que cualquier cambio en la paternidad debe mantenerse dentro de ciertas proporciones y teniendo en cuenta a la pareja. Como es evidente, hay un acuerdo implícito: los nuevos varones quieren reivindicar su rol de pudres, pero no de tiempo completo, y las mujeres quieren recibir la ayuda sin sentirse desplazadas.


3. El varón "embarazado"


Aunque no podemos parir físicamente, siempre he pensado que los padres también nos embarazamos. Sin desconocer las dificultades evidentes del embarazo físico femenino, es bueno saber que el varón también pasa por un estado de "gravidez psicológica". Nosotros esperamos, sufrimos, hacemos fuerza, nos asustamos, reímos, lloramos y fantaseamos a la par. Estamos todo el tiempo ahí, sin saber qué hacer y pujando a distancia. Muchos maridos se cambiarían gustosos por sus mujeres, aunque muertos del miedo, al ver la complejidad de un trabajo de parto. Es cierto que no sentimos lo mismo, pero sentimos. No estoy subestimando, ni mucho menos, la labor femenina, sino explicando qué ocurre en el interior del varón. He conocido hombres que sienten las mismas náuseas de la mujer y vomitan más que ellas, he visto a algunos tener contracciones, y a otros hasta cambiar el caminado. No sé si se trata de una imitación, una solidaridad inconsciente o algún tipo de feromona femenina no detectada sino por los hombres, pero nos alteramos y descompensamos. En cierto sentido, también damos a luz; a nuestra manera, pero lo hacemos. Algo ocurre con el varón en estado de gestación, que aún no podemos explicar claramente desde la psicología.
Es curioso ver cómo reaccionan los hombres frente a sus esposas durante la espera de un hijo. Aunque las respuestas psicológicas masculinas al embarazo pueden ser variadas y contradictorias, no obstante, pese a su diversidad, es posible definir cinco tipos básicos de varones en estado de gestación.


Un primer grupo ni se da por enterado. Para ellos, tener un hijo es como comprar un carro o un problema metafísico de otra galaxia. No se preocupan ni viven la espera, se muestran ajenos y totalmente ignorantes del evento, como si la embarazada fuera la vecina o el hijo fuera de otro. No hay placer, ni dudas, ni miedo, ni celos: nada. El asunto no es con ellos. Cuando por presiones de la mujer se ven obli-gados a intervenir de alguna manera, lo hacen de mala gana y mal hecho. Es apenas comprensible que semejante actitud genere un rechaza mortal en los familiares de la encinta, y depresión profunda en la mujer. Si hay algún vestigio de humanidad latente en ellos, al nacer el bebé y poder vivenciar de una manera más directa y real la paternidad, comienzan a comportarse de manera normal.
Un segundo grupo está conformado por aquellos maridos a quienes les da por el enamoramiento. El sentimiento por sus esposas se hace exponencial. Las adoran, las cuidan, las consienten y las aman profundamente, mucho más que antes de la concepción. En estos hombres, como el empaque es doble, se produce una curiosa mezcla entre sus roles de padre y esposo: por amar a su hijo, aman a su esposa, y al amar a su esposa, aman a su hijo. Un hombre orquesta afectivo y un derroche de cuidados a manos llenas. No importa el lugar, la hora o el precio, para ellos no hay limitaciones: "Tus deseos son órdenes para mí"; un genio sin lámpara, dispuesto y listo para lo que quieran mandar. Mientras dure la gestación, será el mejor yerno y el ejemplar marido que ella siempre añoró; pero en cuanto nazca el bebé, sufrirá' un inmediato retroceso a sus viejas costumbres afectivas. El "Ceniciento "vuelve al trabajo y a la lucha diaria. Nacido el infante, se acaba el encanto y, otra vez, de príncipe a renacuajo. Para su mujer, cada parto es la oportunidad de sentirse amada, al menos por unos meses.


Un tercer grupo está configurado por padres que se sienten relegados. Estos maridos, al enterarse del estado de su señora, se vuelven paranoicos. Un temor oscuro y egoísta los lleva a sentirse desplazados antes de tiempo. Su pensamiento es que ese nuevo ser les quitará el cariño de su esposa o, al menos, los bajará de puesto. La relación con el bebé es claramente ambivalente y de competencia. Aunque disimulen, la preocupación se les hace manifiesta. Preguntan poco, intervienen lo mínimo, evitan eltema e intentan que su pareja cada día se acerque más a ellos, pero no por amor, sino por miedo a perder privilegios. Estos hombres desarrollan una celotipia filial. Aunque al comienzo no suelen aceptar mucho al recién nacido, al cabo de algunos meses se resignan a compartir el amor y los cuidados de su mujer con el nuevo invasor.


El cuarto grupo está constituido por aquellos maridos que muestran rechazo por la mujer embarazada. El fastidio se hace evidente. Estos varones, al enterarse de que van a ser padres, sufren una profunda transfiguración emocional: si antes eran maridos tiernos y delicados, ahora no. La mera aproximación de la mujer les produce incomodidad. Algunos sienten repulsión ante la sola idea de tener sexo, y otros, de manera totalmente irracional e infundada, sienten miedo a lastimar la criatura que viene en camino. No sabemos, a ciencia cierta, por qué ocurre este fenómeno, pero en esta etapa de engorde un porcentaje considerable de hombres decide ser infiel. Más aún, muchos matrimonios se desbaratan en esta época. El marido, que había sido austero en cuestiones femeninas, se convierte en un don Juan empedernido, ávido de nuevas experiencias y desconsiderado con la situación. No es que sean antipáticos y groseros a propósito, simplemente no les nace. Pueden asumir sus responsabilidades y prepararse para recibir al niño en forma adecuada, pero el desamor que sienten por la madre de su futuro hijo es evidente, y duele. Un ambiente de frialdad, hasta entonces desconocido, envuelve a la pareja. Estas mujeres suelen ver la posibilidad de otro embarazo con verdadero terror.


El quinto grupo está formado por los hombres que disfrutan sanamente de la experiencia de la paternidad sin involucrar a la pareja en forma patológica. Pese al nerviosismo natural que acompaña el acontecimiento, la dicha es plena. La relación con sus esposas no cambia sustancialmente; aunque la calidad de los cuidados mejora (ahora son dos), no se establecen lazos enfermizos de inseguridad o dependencia extrema. Para los varones maduros y equilibrados, el embarazo es una buena oportunidad para estrechar nuevos vínculos con la mujer amada, y mejorar los anteriores.


El derecho al amor


El varón, por más que lo pintemos como supermacho insensible, en tanto persona posee la capacidad innata de intercambiar afecto. El amor es la red sutil en la que se asienta la convivencia, y el lugar donde prospera lo esencialmente humano. En la ocurrencia del amor nos mezclamos y nos comunicamos de muchas formas. Es en el amor donde los valores se certifican y donde el lenguaje cobra significado.
El derecho al amor libre y responsable es tan importante como el derecho a la salud y a la alimentación. Sin la opción del amor se cierra la puerta a la vida, tal como lo confirman las enfermedades psicológicas que se originan en las pérdidas y en la soledad afectiva; en el desamor sólo hay desolación. Perder la posibilidad de ser mediadores y "sentidores" del amor es desconocer millones de años de evolución, y negarse a dar el gran paso que define el sentido de lo humano. Es en la vinculación con otros cuando de verdad nos reconocemos a nosotros mismos. No hay sabiduría, si no hay relación.


La especie humana es increíblemente sensible a la vivencia amorosa. Cada uno de nosotros se comporta como una antena a través de la cual el amor pasa, entra, sale y vuelve a entrar. Repito: el ser humano es un facilitador natural del afecto, y un promotor innato del intercambio emocional. Lo masculino y lo femenino, entonces, sólo san modalidades idiosincráticas de refracción afectiva: dos caras de la misma moneda. Aunque pueda haber diferencias de forma, ambos palpitan y reaccionan ante el impacto energético del amor.


La nueva masculinidad tiene clara consciencia de los obstáculos que no le han permitido realizarse en el amor interpersonal, y por eso intenta superarlos. Ejercer el derecho al amor es resolver el dilema emocional interior a favor de la ternura, sin eliminar la ira saludable que, por derecho propio, nos pertenece; es acercarse a lo femenino de manera constructiva y sin oposiciones desgastantes; es permitirnos el derecho a la intimidad que genera la paternidad maternal con nuestros hijos, sean
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mujeres o varones; es dejar de rivalizar y competir ridículamente con otros hombres y fomentar en forma abierta la amistad intermasculina.
Por último, el derecho al amor es poner a trabajar nuestra bioquímica en la dirección correcta y ser capaces de llorar, abrazas; acaricias; contemplar, reír, mimar y sonreír, si nos da la gana de hacerlo. Es poder sentir con mayúsculas, en colores, en alta tensión, sin miedos, sin censuras y de cara a la humanidad que nos pertenece. Emocionarse al compás de otros es darle a nuestra vida una nueva sin-tonía, y descubrir que la soledad afectiva no es otra cosa que una mala elección. En palabras deVivekananda: "¿Qué es el amor humano? Es más o menos una afirmación de esta unidad: ¡Soy uno contigo, mi esposa, mi hijo,mii amigo!".


PARTE III


LA SEXUALIDAD MASCULINA
Un problema para resolver
La dependencia sexual masculina


El deseo irresistible y désbocado por las mujeres es una realidad que afecta a la generalidad de los hombres. La gran mayoría de los varones, tarde que temprano, nos rendimos al incontenible impulso que nos induce, sin compasión y desalmadamente, no ya a la reproducción sino al placer del sexo por el sexo. La dependencia sexual masculina se hace evidente en el erotismo que tiñe prácticamente toda nuestra cultura: la demanda es desesperada y la oferta no tiene límites. El incremento alarmante de violaciones, prostitución, abuso infantil, acoso sexual y consumo masivo de pornografía violenta, entre otros indicadores, evidencian que en el tema de la sexualidad algo se nos salió de las manos. La prevalencia de parafilias (un tipo de trastorno sexual) que se producen violentamente y contra la voluntad de las otras personas, como el sadismo sexual y la pedofilia (preferencia sexual por los niños), ha aumentado ostensiblemente. Los hombres mantenemos un liderazgo definitivo en esto de las desviaciones sexuales, ya sean peligrosas, simpáticas o inofensivas. En el maso-quismo, que es donde menos mal estamos, aventajamos a las mujeres en una proporción de 20 a 1. Las otras alteraciones como el exhibicionismo, el fetichismo (actividad sexual compulsiva ligada a objetos no animados como ropa, zapatos, lencería de mujer, etc.), el voyeurismo (observar ocultamente actividades relacionadas con lo sexual), el travestismo, y el sadismo y la pedofilia que ya nombré, no parecen existir en el 99% de las mujeres. Por el contrario, los llamados trastornos del deseo sexual, es decir, desgano por el sexo, son mucho más frecuentes en mujeres que en varones.


El sexo ejerce sobre nosotros, los hombres, la mayor fascinación. De una manera no siempre consciente pensamos casi todo el día en eso, nos gusta, nos atrae, lo extrariamos, lo necesitamos como el aire y, lo más importante, lo exigimos. Si algún osado varón decide eliminarlo de una vez por todas, sin cirugías y a plena voluntad, la tarea suele quedarle demasiado grande; nadie está exento. Mientras una mujer promedio puede estar tranquila durante meses sin tener sexo, el varón normal, al mes o mes y medio, empieza a sentir cierta inquietud interior que luego se transforma en incomodidad, y más tarde en barbarie. La libido comienza a nublarle la vista y a maltratar su organismo, e incluso su inteligencia comienza a debilitarse. Un mal humor y cierta quisquillosidad imposible de ocultar afectan su entorno inmediato, sobre todo cuando amanece. La mayoría de los hombres, salvo honrosas excepciones como los eunucos y algunos célibes, no sabe ni puede vivir sin esta tremenda fuerza vital funcionando. El sexo nos quita demasiado tiempo y energía. Si esto no es adicción, se le parece mucho. La famosa frase de Cesare Pavese: "Los hombres estarnos locos, la poca libertad que nos concede el Gobierno, nos la quitan las mujeres", adquiere especial significado en lo que a sexualidad se refiere.


La nueva masculinidad quiere canalizar esta primitiva y encantadora tendencia. Jamás eliminarla, no está de más la aclaración, sino reestructurarla, reacomodarla y tener un control más sano sobre ella. No estoy hablando de ”asexualizar" al varón, eso sería desnaturalizarlo; el sexo nos gusta y eso no está en discusión. A lo que me refiero es a romper la adicción, a querer más nuestro cuerpo y a diluir un poco más el sexo en el amor, a ver qué pasa. Ni la restricción mojigata, aburrida y poco creativa que maligniza y flagela la natural expresión sexual, ni la decadencia de la sexualidad manifestada en un afán compulsivo y desordenado por el éxtasis, que no nos deja pensar y nos arrastra a la humillación.

Tres aspectos han colaborado para que la adicción y la decadencia de la sexualidad masculina sea una realidad: el antropológico-social, el cultural~educativo y el biológico. Aunque todos están entrelazados, los separaré para que puedan verse mejor.

Un primer factor lo encontramos en el culto al falo. Desde tiempos inmemoriales y en casi todas las culturas, estatales, tribales y preestatales, han existido ceremoniales de veneración al miembro masculino, a su tamaño y a sus funciones mágicas. La mitología griega y romana está llena de enredos amorosos donde los dioses varones hacen uso y abuso de sus atributos sexuales. También muchas divinidades menores y criaturas eróticas, como los sátiros y los silenos, los faunos perseguidores incansables de las ménades y los Hermes, eran marcadamente fálicas. Pero, sin lugar a dudas, los mayores adoradores del falo fueron los romanos. La fiesta anual del dios Liber estaba representada por un tronco en forma de falo, al igual que el Matunus Tununus, que concedía fertilidad a las recién casadas. Un dios especialmente reconocido en el panteón romano era Príapo, hijo deVenus y Baco (el de las famosas bacanales), cuya imagen física marcadamente desproporcionada dejaría boquiabierto a más de un experto en efectos especiales. Incluso, en su honor se le ha dado el nombre de priapisrno a una enfermedad que consiste en la erección constante y dolorosa del pene, que puede durar horas y que necesita intervención médica. Los amuletos de apariencia fálica eran de uso común, y el mejor antídoto contra el mal de ojo. Se consideraba, además, que cualquier objeto en forma de falo, colocado sobre las puertas de las casas, ejercía un papel protector. La representación del pene erecto aparecía en toda la decoración hogareña romana y por la ciudad entera, pero no obstante, su utilización no obedecía a intenciones pornográficas, sino a la creencia de que el falo era un símbolo saludable de vida.


La adoración fálica adoptó distintas formas rituales a lo largo de la historia. En ciertos puebla~ primitivos, y no tan primitivos, las mujeres se frotaban sobre unas piedras verticales fijas llamadas menhires, para aumentar así su fertilidad. Las culturas precolombinas y americanas están plagadas de figuras fálicas, destacando su poder sanador y milagroso. El pene también a veces se involucraba en las batallas; los historiadores relatan cómo los guerreros celtas se lanzaban al ataque totalmente desnudos y con sus miembros viriles en erección, como prueba de vigor y potencia, con el objeto de impresionar a sus enemigos (algo similar ocurre en los primates). En épocas más recientes, la veneración fálica se hizo más sutil. Pareciera existir un efecto paradójico: cuando la cultura reprime o intenta bloquear excesivamente la sexualidad, ella se desvía a formas más indirectas de expresión artística, religiosa y social. Por ejemplo, en la Inglaterra victoriana, bajo el imperio de la flagelomanía, las modas resaltaban exageradamente las figuras femeninas mediante el uso de corsés y prendas superajustadas que hoy podrían escandalizar a más de una señora. A su vez, los diseños mobiliarios estaban sobrecar-gados de curvas sinuosas, eróticas y evidentemente sensuales. La sexualidad es el instinto que menos se doblega.


Muchos pensadores, religiosos, científicos y filósofos también han contribuido a la devoción fálica. Algunos, como Aristóteles, llegaron a atribuir al semen propiedades celestiales, considerándolo un fluido metafísico y la esencia misma de la vida y la identidad. En esa época el pene se convirtió en el parlador de los fluidos quinéticos en estado puro: una expresión de la divinidad. La mujer era considerada un simple reseworio material, un mal necesario para que el varón pudiera transmitir el alma. La personal¡dad y los caracteres heredados sólo eran responsabilidad del sagrado líquido masculino. Otros, como San Agustín y Leopardo da Vinci, le achacaban al pene vida propia y alertaban sobre los peligros y otras consecuencias interesantes si el falo actuaba según su voluntad. El primero, unos mil años antes, más recatado y religioso, aconsejaba control voluntario a discreción y procreación sin placer para controlar al pequeño travieso. El segundo, más científico y desfachatado, sugería menos vergüenza y más exhibicionismo masculino: vestirlo y adornarlo como si se tratara de una personita, y pasearlo con orgullo. Pero tanto para uno como para el otro, el pene era algo que poseía vida propia, y algo de razón tenían si consideramos que la erección es un fenómento puramente automático.


La segunda causa debernos buscarla en los patrones de educación sexual del varón, si es que los hay. La sociedad occidental es indudablemente discriminatoria frente a la mujer. La cultura no sólo es más tolerante y permisiva ante la sexualidad masculina, sino que la promueve y anima. Se ve bien que el varón dé muestras precoces de su capacidad de procreación: "Macho como su padre", y no se ve muy bien al hombre casto y sin experiencia sexual. Muchas mujeres aún esperan que sea el varón quien les enseñe. El mundo de las recién casadas está repleto de esposas decepcionadas por la escasa habilidad de sus maridos. Algunas han llegado a creer que la luna de miel es una especie de curso sexual intensivo, donde se pueden ensayar maromas y luchas grecorromanas creadas y supervisadas por un marido sobrado en experiencia. La contradicción asoma claramente: mientras por un lado alentamos la sexualidad masculina en los jóvenes como prueba de virilidad, la ética moral y religiosa predica la abstinencia como una virtud recomendable, tanto para el alma como para el cuerpo. No obstante, la mayoría de los padres y madres, incluso los más estrictos en cuestiones normativas rela-cionadas con la moral y las buenas costumbres, suelen hacer la vista gorda y dejar que el pobre muchacho se desfogue de vez en cuando, eso sí, con altura y corrección.


Uno de los mayores miedos de los padres hombres es a tener un hijo homosexual; por eso, cuantas más muestras de heterosexualidad ofrezca el vástago, mejor. Recuerdo que cuando mi primo tenía cinco años le comentó a su padre, inmigrante napolitano y machista, que si era verdad que los hombres también podían hacerlo entre sí. Aterrorizado por la pregunta, mi tío decidió cortar la cosa de raíz y crear inmunidad de por vida: "¡Cuidado! ¡Los hombres que hacen eso quedan inválidos!". Fue tajante y contundente. Mi primo y yo nos miramos, como diciendo: "¡Qué interesante!". El problema fue que nuestro consejero sexual no previó las consecuencias. A los pocos días, esperando que cambiara un semáforo en rojo, vimos pasar a un señor de mediana edad en silla de ruedas. Nuestra impresión fue enorme. Estábamos observando la prueba viviente de la depravación masculina. La marca del peca do hecho realidad, desfilaba tranquila y descaradamente frente a nuestros ojos. No sólo no pudimos disimular nues-tra sorpresa, sino que decidimos tomar partido y ser solidarios con la causa de los verdaderos machos. Al instante, sacamos la cabeza por la ventanilla y, ante la mirada atónita del pobre señor y demás transeúntes, comenzamos a esgrimirlas sagradas consignas: "¡Mariquita!',"iMariquita!", "¡Degenerado!", "¡Ya sabemos lo que hiciste!", "¡Mariquita!"... En fin, las arengas fueron tan efusivas y explícitas que mi tío se pasó el semáforo en rojo, no sin antes preguntar si habíamos enloquecido. Necesitamos varias sesiones extras de "educación sexual" para comprender que la cosa no era tan drástica, y que había excepciones. En realidad, según la experiencia de mi tío, solamente algunos hombres que hacían el amor con otros hombres se volvían parapléjicos.


Deberíamos ser más sinceros con nuestros hijos. Más allá de cualquier juicio de valor al respecto, hay que preparar mejor a los pequeños varones para enfrentar su vida sexual. Se da por sentado que el hombre viene, desde el nacimiento, con el don sexual en su haber, y pese a que la existencia de este instinto es innegable (es posible detectar erecciones en fetos desde los siete meses), no es suficiente para que un buen desarrollo psicosexual tenga lugar. La información inadecuada y distorsionada sobre el tema crea una ambivalencia ética-biológica (pecado vs. placer), la cual suele disimularse en una doble vida culturalmente aprobada y amparada en el matrimonio: esposa y moza. Una honesta educación sexual masculina, sin mentiras ni falsos principios, está por construirse; el problema es que no parece haber muchos instructores dispuestos a ayudar. Mientras tanto, millones de hombres se entrenan y aprenden el complejo arte de la infidelidad, sin ser vistos.


Una tercera variable que predispone marcadamente a la adicción está relacionada con el placer biológico. Tratando de no caer en reduccionismos organicistas, entre hombres y mujeres hay una tajante diferencia biológica en lo que se refiere a la relación que se establece entre placer sexual y procreación. Aunque en el hombre el goce sexual no siempre está atado a la eyaculación, ya que puede haber orgasmos sin eyaculación o viceversa, casi en la totalidad de los casos, orgasmo (placer) y eyaculación van de la mano. Es decir, para procrear de manera natural (olvidémonos un instante de los bebés probetas y de la fertilización in vitro), el varón sólo puede hacerlo desde el placer. Si no hay excitación, es bastante difícil, si no imposible, depositar los espermatozoides necesarios para que se dé la concepción. Venimos equipados para sentir el sexo de manera intensa y vigorosa. Hasta hace poco, cuando los métodos artificiales de procreación estaban en pañales y la naturaleza mandaba, la conclusión era definitiva: si se acababa el placer sexual, se acababa la especie. Esta hipótesis, más allá de excusar o justificar cualquier exceso sexual masculino o el atropello de los derechos femeninos, simplemente podría estar indicando una de las causas del escaso autocontrol masculino frente a su actividad sexual.
La mujer funciona distinto. Aunque ella posee una gran capacidad para sentir y disfrutar del sexo tanto o más que nosotros, el orgasmo femenino no es una condición biológica directa para la concepción. Miles de casos de embarazos producto de violaciones lo atestiguan, como también aquellas mujeres inorgásmicas que son madres; esto es irrebatible. El deseo sexual puede inducir a la mujer a tener más relaciones y aumentar la probabilidad de que quede embarazada, pero esto no implica que el orgasmo intervenga directamente en la gestación.


Galeno pensaba que existía un semen femenino imprescindible para la procreación, que al juntarse con el semen masculino formaba el embrión. Esta posición era muy feminista para la época, ya que al ser el orgasmo femenino un requisito esencial para la fecundación, los moralistas cristianos de aquellos tiempos no tenían más remedio que aceptar el placer femenino y reivindicar el derecho de la mujer a sentir. Sin embargo, la posición de Galeno no sólo chocaba con la realidad, sino con los respetadísirnos y temibles dogmas aristotélicos que decían lo contrario. Al final de la Antigüedad, Aristóteles era el vencedor, tal como atestiguan san Jerónimo y san Agustín, e incluso Alberto el Grande en el siglo XIII. Pero en los siglos XVI y XVII, los médicos, más orientados al quehacer científico, y un grupo importante de filósofos, retomaron nuevamente la teoría de Galeno. La disputa siguió por varios cientos de años, sin definiciones drásticas y tratando de quedar bien con los padres de la Iglesia y la ciencia médica. Además, la cosa tenía un claro matiz teológico, porque nadie podía dudar de un placer sexual femenino, pero éste debía tener alguna utilidad para la procreación para que pudiera ser aceptado por la doctrina cristiana. Por último, para resumir la cosa, la salida diplomática intermedia entre Galeno y Aristóteles fue reconocer salomónicamente que, si bien el goce femenino no era condición necesaria para la fecundación, lo era para su perfección: se decía que los niños que habían sido concebidos con placer sexual femenino debían ser más sanos y perfectos que los que eran concebidos sin placer sexual maternal.


En la actualidad, parece haber acuerdo en que el aporte biológico femenino) a la supervivencia de la especie, más que el orgasmo, es el afecto y el amor hacia el recién nacido. No hablo del instinto maternal freudiano tradicional, sino de la importancia que la proximidad afectiva adquiere para la conservación de la vida en todo el proceso de gestación y crianza, y más allá. El amor intenso de la madre no sólo garantiza el cuidado prenatal, sino el complejo aprendizaje social posterior del niño (el más prolongado de cuanta criatura viviente existe). En su paquete genético la mujer trae una marcada predisposición a disfrutar del "dar afectivo", y no me estoy refiriendo al pernicioso concepto de abnegación, determinista y autodestructivo, al que solían ceñirse nuestras abuelas, sino al acto de amar con decoro. La mayor profundidad afectiva de la mujer respecto del varón es un hecho. Qué tanto se deba a factores genéticos o sociales está por verse.

La perspectiva presentada muestra claramente que en la conformación de la dependencia sexual masculina se entrelazan lo biológico y lo cultural de manera compleja. Sin embargo, pese a su larga y aplastante tradición, esta tendencia negativa está comenzando a revertirse. Una sexualidad masculina que se desarrolla fundamentalmente lejos de la adicción, y más cerca del afecto, se está gestando. Este cóctel, asombroso y extraño para muchos varones, produce una nueva e interesante forma de éxtasis, más intensa e impactante y mucho más sana.Y es apenas natural, porque cuando la energía sexual masculina se fusiona con la del amor ocurre una gran explosión interior que rebasa todo apego y nos coloca en el umbral de la trascendencia. En realidad, cuando esta comunión se da estamos tan cerca de la iluminación que no podemos hacer otra cosa que morirnos de la risa.


¿Qué tan importante es el afecto para la sexualidad masculina?
1. Primero sexo, después afecto


Si a un hombre común y corriente una mujer desconocida y muy atractiva, tipo Kim Bassinger o algo similar, le pidiera de buenas a primeras que tuvieran relaciones sexuales, no me imagino al supuesto señor diciendo: "No sé... Nos acabamos de conocer... Soy un hombre casado…" o "Hágame el favor y respete! ¡Por quién me ha tomado!", o "Lo lamento Kim, pero no te amo". La gran mayoría de los hombres, en semejante disyuntiva, no dudaría un instante en tirarse al ruedo sin importarle demasiado las consecuencias; al menos, no habría mucha repulsa. Más aún, el estereotipo social del hombre viril y dispuesto no deja demasiadas opciones: un hombre que no acepte las insinuaciones femeninas es definitivamente "dudoso", además de poco caballero. Ésa es la premisa de todo buen semental que se precie de serlo.


La belleza física en una mujer coqueta puede llegar a idiotizar a los hombres. Recuerdo el impacto que produjo Sharon Stone en la película Bajos instintos, cuando hizo aquel inolvidable cruce de piernas, aparentemente sin ropa interior. El impacto en los varones fue de tal magnitud que después de meses todavía se escribían artículos, se hacían programas, mesas redondas y todo tipo de foros para debatir el sentado de la bella actriz. Incluso hoy en día la imagen sigue apareciendo en distintos flashes publicita-rios, con el claro propósito de activar la libido masculina. Más recientemente, un desfile de ropa interior produjo revuelo en el país porque una joven modelo desfiló con un vestido de baño "seda dental" y con dos minúsculas florecitas en cada seno. Todos los medios de comunicación dedicaron un espacio considerable a comentar sobre las profundas implicaciones d(,l tamaño de la prenda, los muslos, las caderas, el busto de la señorita y qué tan bien sujetadas estaban las florecitas que cubrían sus pezones. Los entrevistadores hombres, periodistas de talla internacional, no sólo perdían la compostura sino también parte de su reconocido talento. Algunos decían "admirar" las caderas, otros "respetaban" la rótula, el peroné y la tibia de la entrevistada, y la mayoría emitía sonidos guturales mientras rendían pleitesía a las proporciones cintura-cadera de la encantadora muchacha. Las preguntas más sensatas provenían de las periodistas mujeres.


Siempre me he preguntado qué puede sentir una mujer atractiva y de buen cuerpo en un mundo de hombres desesperados por poseerla. Supongo que de un lado, cal poder más tremendo, y del otro, el hartazgo del acoso sexual. Pero además, de alguna manera, debe estar presente el miedo a envejecer. El culta a la belleza femenina, instaurado por el deseo masculino y mantenido por la punzante crítica de las propias mujeres, ha creado un culto por la juventud y las proporciones, que raya en lo obsesivo. La sagaz Agatha Christie caricaturizaba así la cosa: "Un arqueólogo es el mejor marido que una mujer pueda tener; cuanto rnás envejezca ella, más se interesará él". Habría que preguntarse qué podría ocurrirle psicológicamente a un hombre muy buen mozo y sexy frente a una feminidad donde, si bien existe la sexualidad, el afecto también tiene mucho peso. Parecería que las mujeres son más benévolas con nuestro físico.
Los hechos hablan por sí solos: el afecto no parece ser tan importante para los hombres a la hora de establecer relaciones sexuales, al menos en el inicio. Sin embargo, a excepción de los famosos "caprichos genitales", el afecto es el principal factor de mantenimiento de lo sexual. O dicho de otra for ma, el amar garantiza la duración del deseo. No importa cuántas cirugías, liposucciones y mesoterapias se haga la mujer: si el hombre no la ama, tarde que temprano la candela se acaba. Los métodos artificiales, si no hay afecto, sólo prolongan la agonía del deseo: el amor es el mejor cirujano estético.


Cuando un varón se satisface sexualmente con una mujer por la que no siente sino atracción física, al cabo de un rato sale despavorido. Escapa de inmediato, porque una vez eliminado lo fisiológico solamente queda el hastío, la saciedad y el disgusto. La mujer que minutos antes podía haber hecho de él lo que quisiera, pierde de inmediato su poder y la ventaja se invierte. La eyaculación se lleva toda atracción, y el varón queda, por así decirlo, desagotado y libre de todo apego (al menos por unas cuantas horas o días, hasta que las hormonas vuelvan a alborotarse). Pero si hay amor, el fastidio pascana no existe. Por el contrario, cuando el afecto está presente, luego de la relación sexual nace una calma compartida, unas ganas enormes de abrazar y consentir a la mujer que nos hizo feliz. No hay asco ni pasión, sólo ternura al por mayor.


Los hombres no solamente somos capaces de separar el sexo del afecto, sino que a veces les hacemos tomar rumbos opuestos. Como decían algunos abuelitos de aquella época: "La esposa es para respetar y la amante para gozar". Muchos varones se encaprichan con un cuerpo y quedan atrapados exclusivamente en el placer que les brinda la compatibilidad física, casi que morfológica, donde ni siquiera la belleza tiene mucho que ver. Eso no es amor, sino obstinación sexual. Podemos babear de ganas, pero es imposible enamorase de una estructura ósea y corporal al margen de quien la lleva. Podemos adherirnos como una hiedra, pero no más. Lo que uno realmente ama es el ser que está metido en la vestimenta de lo físico. En el contexto del amor, la piel acaricia, y en lo sexual, solamente excita.


¿Qué peso tienen en la atracción masculina otros aspectos como personalidad, inteligencia, humor, amabilidad y otros atributos no físicos? La respuesta es clara: para que un hombre se enamore, la manera de ser de la mujer es determinante. Si el deseo queda aislado de cualquier otra afinidad, no habrá relación afectiva sino sexo en estado puro. Cuando conocemos a una mujer muy bella, pero sin otro atractivo, automáticamente nos convertimos en seres fisiológicos con un solo objetivo en mente. Pero si la mujer nos gusta también en un sentido psicológico y/o espiritual, aunque el objetivo inicial no suele descartarse, nos volvemos más afectivos y menos sexuales. De todas maneras, salvo excepciones, la regla queda definida de la siguiente manera: el hombre entra por el sexo, y si encuentra lo que le gusta, llega al amor; si no es así, se devuelve. La mujer entra por el amor, y si todo va bien, llega al sexo. Cuando la cosa funciona, nos encontrarlos en la mitad del cansino. Los hombres tenemos claro que si la mujer nos agrada como~ persona, el deseo sexual simplemente es la llave para seguir avanzando. Incluso, muchas veces la que más nos gusta no es la más sexy, aunque esta última pueda seguir activándonos la testosterona.


2. El equilibrio afectivo-sexual en la vida de pareja
Por todo lo dicho hasta aquí, queda claro que la relación que se establece entre sexo y afecto, y las ponderaciones que hombres y mujeres hacemos al respecto, son determinantes para comprender muchos problemas de pareja. Para la mayoría de los hombres una relación afectiva sin sexo es inconcebible, además de insoportable. Para las mujeres, una relación de pareja sin cariño es insostenible y aterradora. No quiero decir que lo sexual no sea importante para ellas sino que, sin afecto, es incompleto. Los problemas comienzan cuando se rompe el
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